Mar. Feb 27th, 2024

    La enfermería es, sin duda, una profesión eminentemente vocacional. Pero algo debe estar haciéndose mal cuando, a pesar de ser los profesionales sanitarios mejor valorados socialmente, hasta un 46 % de las enfermeras considera seriamente la posibilidad de abandonar su profesión, y tres de cada 10 no volverían a estudiar la carrera si pudieran dar marcha atrás, según un estudio realizado en 2020 por el Consejo General de Enfermería. Turnos agotadores; falta de reconocimiento o apoyo; salarios bajos; déficit de profesionales; carencia de formación; ansiedad; tristeza… Los factores de este desencuentro son muchos, y la carga emocional, a veces excesiva, no se hace notar en ningún otro sector con más intensidad que en el de la enfermería oncológica.

    “Las enfermeras de oncología tratan diariamente con el sufrimiento y la muerte, y es muy importante que dispongan de los recursos necesarios que les permitan, además de cuidar a los pacientes de la mejor manera posible, apoyar a los cuidadores principales y a sus familias”, explica María Andión Goñi, directora de Enfermería del Hospital Universitario 12 de Octubre, en Madrid. La relación que se establece entre enfermera y paciente, afirman las principales protagonistas, va mucho más allá de la mera atención clínica, y conlleva una fuerte implicación emocional que con frecuencia pasa factura. Un triple cuestionario realizado en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, por ejemplo, reflejaba que un 41 % de los encuestados no volvería a elegir su profesión.

    Para debatir sobre las consecuencias de este deterioro y compartir buenas prácticas se celebró, el pasado 13 de diciembre, un coloquio en la Facultad de Enfermería de la Universidad de Navarra en Madrid, al que asistieron las directoras de Enfermería de los principales hospitales públicos madrileños.

    ¿Quién cuida a las cuidadoras?

    “Tenemos mucha carga emocional, y vivimos tantos momentos duros que es difícil de gestionar. Como humanos, empatizamos tanto que lo vivimos como nuestro; es difícil desconectar y no llevártelo a casa, cuando al final pasamos allí más horas que con nuestra propia familia”, esgrime Elisabeth, del SJD Pediatric Cancer Center Barcelona (PCCB). Es el llamado cansancio por compasión, el que experimentan quienes cuidan de personas enfermas durante un largo periodo de tiempo.

    Los momentos difíciles son muchos, como reconoce Ariana Martín, su compañera en el PCCB: “En primer lugar, cuando diagnostican al paciente, porque es muy difícil de ver cómo la vida de esos niños y sus familias cambia de un momento para otro; y es muy difícil gestionar el miedo que tienen y el conocimiento que tenemos nosotras, que ya conocemos el duro camino que les queda por pasar”. Luego quedan muchos otros momentos: los tratamientos, las recaídas, las preguntas comprometidas, el final de la vida… Y sin dejar nunca de acompañar a los pacientes y a sus familias.

    “La enfermera participa de forma activa en el proceso de su enfermedad y les ayuda en la toma de decisiones y en el afrontamiento de la enfermedad, tanto al paciente como a su entorno. Esa constante exposición al sufrimiento hace a la enfermera oncohematológica más vulnerable al desgaste emocional y profesional”, añade Gema González, supervisora del área de Oncohematología del 12 de Octubre y con 31 años de experiencia como enfermera a sus espaldas. Con ella coincide Teresa Llácer, directora de Enfermería de la Clínica Universidad de Navarra: “Los pacientes sufren y las enfermeras sufren con ellos, porque no pueden verlo desde la grada; tienen que ser empáticas y emocionalmente fuertes para acompañarlos”.

    Estrategias y mecanismos de apoyo

    Ahora bien, ¿de qué estrategias y mecanismos disponen estos profesionales a la hora de lidiar con este desgaste emocional? Programas de apoyo psicológico, técnicas de manejo del estrés, fomento del trabajo en equipo, capacitación en habilidades de afrontamiento, promoción del autocuidado… Algunos centros enseñan el camino a otros: “En las unidades de oncología, se realizan sistemáticamente sesiones conjuntas de los profesionales con los psicooncólogos que trabajan con ellos, donde se tratan temas como la gestión de las emociones, la comunicación de malas noticias o los efectos del cuidado de pacientes con cáncer en el agotamiento emocional y el estrés”, describe Goñi.

    Estrategias similares a las del 12 de Octubre se implementan en muchos otros centros, pero los hay que no tienen tanta suerte: “El hospital no proporciona recursos específicos para el apoyo a las enfermeras que trabajan en oncología. Ni siquiera se ha generado un perfil que indique que características se requieren y serían necesarias”, reivindica Consuelo García, jefa de unidad de enfermería desde hace 31 años en el Hospital Clínico Universitario de Valladolid. “No hay ninguna estructura de apoyo (ni siquiera psicológico) para gestionar el impacto emocional que provoca trabajar con el dolor y sufrimiento en el acompañamiento y cuidado a este tipo de pacientes, y somos los propios profesionales los que buscamos las estrategias para gestionar el impacto emocional y el autocuidado”.

    En algunos centros, no obstante, el apoyo psicológico que se ofrece se limita a los casos especialmente duros para los profesionales, bien sea por tratarse de un paciente joven o porque se le ha tratado durante mucho tiempo, cuando en realidad se trata de un apoyo necesario en todo momento. “El máximo apoyo nos los brindamos entre nosotras mismas. Ojalá se pudiera contar con una psicóloga que nos diera soporte de manera continuada, y no exclusivamente cuando un paciente concreto te afecta en exceso y no te permite seguir con tu vida”, reclama Elisabeth.

    “Lo más importante es la prevención, y para ello hay que tener información sobre el desgaste emocional y los mecanismos de afrontamiento frente al sufrimiento”, recuerda Beatriz Martín directora de Enfermería del Ramón y Cajal. “y, por otro lado, detectar aquellas conductas o situaciones que nos llevan a una situación de desgaste emocional”. Un esfuerzo en el que resulta fundamental no solo el mencionado apoyo por parte de los compañeros, sino también de las supervisoras, “que se encargan de velar por el bienestar de las enfermeras y detectar situaciones de desgaste emocional”, cuenta Llácer.

    Las ayudas que se ofrecen en estas unidades, además del apoyo de los psicooncólogos, pueden incluir terapias de relajación o autoayuda, actividades que fomenten el trabajo en equipo o reuniones de equipo donde se repasen casos de pacientes que hayan afectado a los profesionales de una forma especial. Mas allá, todos insisten en la importancia de reservar tiempo de calidad para el descanso personal, encontrar algo que te haga desconectar y disfrutar de la familia y de amigos ajenos al ámbito sanitario: “Y evidentemente, dedicarte tiempo a ti misma: hacer deporte, yoga, meditar, leer o ir al mar a recargar pilas”, añade Martín.

    Las enfermeras de práctica avanzada, una posible solución

    Para Esther Rey, directora de Enfermería del Hospital Universitario La Paz, en Madrid, las competencias de la enfermera de práctica avanzada son fundamentales “para garantizar los cuidados del paciente a lo largo de todo el proceso oncohematológico, tanto en el diagnóstico y tratamiento como en la continuidad asistencial, en el ámbito hospitalario y en el domiciliario; y para potenciar el autocuidado de los pacientes”. Y para ello se requiere una formación específica que incluye también competencias para liderar líneas de investigación e incorporarse a equipos de investigación multidisciplinares.

    Pero estas profesionales son, además, referentes para los profesionales de las unidades oncológicas y los estudiantes de Enfermería, gracias a su labor de mentoría y capacitación, al facilitar grupos de apoyo o fomentar el autocuidado, acciones que pueden resultar claves para prevenir situaciones de fatiga. También pueden colaborar para realizar intervenciones tempranas en situaciones difíciles, “así como fomentar el desarrollo profesional y la diversificación de tareas para ayudar a las enfermeras de oncología a establecer metas profesionales u explorar oportunidades de desarrollo”, señalan desde la Universidad de Navarra.

    ¿Cómo mejorar la realidad laboral de las enfermeras de oncología?

    Una de las reivindicaciones del sector es el reconocimiento formal de la especialidad de Enfermería Oncológica, algo que, para González, facilitaría dotar a los profesionales de esta área con la mejor formación posible. “La contratación de profesionales sin experiencia ni formación en el área, por no existir la especialidad ni bolsas específicas, no permite formar adecuadamente a las personas”.

    Aunque las áreas de oncología suelen disfrutar de menores ratios de enfermeras, las reivindicaciones sobre los largos turnos de trabajo son frecuentes. “Una opción de mejora es hacer turnos alternos con varios días de descanso en medio, porque la carga asistencial y psicológica que provoca el cuidado cada día, incluso los festivos y fines de semana, hace que sea más difícil desconectar y conciliar con la vida personal (…). Y otra cosa sería compensar de manera remunerada y competente la categoría y los turnos”, reclama Elisabeth. Un aspecto sobre el que también incide su compañera Martín, pidiendo “un reconocimiento merecido tanto a nuestra formación como a la responsabilidad que tenemos con pacientes tan complejos. Y evidentemente un aumento de salario, porque la vocación no paga la hipoteca”.

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