Mar. Feb 27th, 2024

    Tiritan de frío los comercios en Europa. Los consumidores del Viejo Continente aún sienten el impacto de la espiral de precios que caracterizó gran parte del año pasado. Pese a que la cifra de inflación se ha moderado hasta el 2,9% —cerca del anhelado objetivo del 2% del Banco Central Europeo (BCE)—, persiste la cautela. Ni el inicio de las Navidades, sinónimo de compras y gasto por excelencia, ha conseguido agitar las ventas, que se presentan en números rojos. La actividad comercial en Alemania retrocedió en noviembre un 2,5% en comparación con el año anterior, según los últimos datos de Eurostat. En Francia las ventas cayeron un 1,5%. Y en Italia, donde solo hay información hasta el verano, el comercio se hundió un 4,5%.

    Lo que en un primer momento fue una caída de los servicios como resultado del confinamiento, ahora es precisamente lo opuesto. Se observa la crecida del sector terciario en detrimento del comercio. Los recortes se han producido especialmente de alimentos y moda, y curiosamente en los productos que forman parte de los hábitos más representativos de cada país.

    En Alemania, la compra de carne de cerdo descendió en 2022, hasta los 52,2 kilos por persona, un 8,1% menos que el año anterior y un mínimo histórico desde 1989. En Francia, los agricultores están destruyendo las reservas de vino ante una caída sin precedentes de la demanda. Y los grandes grupos del sector del lujo parisino sufrieron una desaceleración en la venta de ropa y accesorios de alta gama, según lo reportado en octubre por Kering, una de las compañías que lidera el sector. Y en Italia el mercado de coches y móviles se está contrayendo. Se vendieron 1,3 millones de teléfonos menos en 2023 en comparación con año previo, según un estudio de Coop, una red que abarca desde pequeños negocios hasta grandes superficies.

    España no se queda muy atrás. El INE informaba este lunes que las ventas de los negocios acumulan ocho meses de retroceso. En concreto, el sector minorista se contrajo el pasado noviembre un 1,9% con respecto al mismo periodo del año anterior. El consumo de aceite de oliva, producto base de la dieta mediterránea y cuyo precio se llegó a doblar desde 2021, ha caído un 30% durante el último año y ha sido reemplazado por el de girasol, que crece a dos dígitos desde inicios del 2023.

    Clement Fuest, director del Instituto Leibniz de Investigación Económica (IFO), cree que muchos hogares han apostado por ahorrar en lugar de consumir al mismo ritmo que antes de la pandemia. “Las altas tasas de interés y la inseguridad sobre el futuro están modificando los patrones de gasto de las familias”, apunta el economista alemán. Santiago Carbó, de Funcas y la Universidad de Valencia, también considera que hay un componente de precaución. “Los compradores están reaccionando con austeridad ante la incertidumbre”, explica.

    Más allá de las peculiaridades, el retroceso en la compra de alimentos en la zona euro parece ser generalizado. España cedió un 5% en 2022; Alemania, un 4,4% y Francia, un 3%, según informan los respectivos gobiernos. Esta es una contracción que el Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económico (INSEE) francés calificó como “una disminución sin precedentes del consumo de comida”.

    Como resultado, los hogares han asumido un giro de timón en cuanto al tipo de producto que meten en sus cestas. Ahora llenan el carrito con marcas blancas o productos en oferta. Este aumento se refleja, por ejemplo, en el crecimiento de la cuota de mercado de superficies como las germanas Aldi o Lidl, que se caracterizan por ofrecer ciertos productos con precios reducidos. En toda Europa, la participación de este tipo de cadenas pasó del 17,6% de antes de la pandemia a un 19,1% en 2023.

    En Alemania, las tiendas especializadas —como son, por ejemplo, los negocios que ofertan productos ecológicos— vieron cómo la facturación se desplomaba un 18%, mientras que los minoritas que venden carne más barata han mejorado un 3,2%, según los datos del Ministerio de Agricultura del país. En España el fenómeno no es ajeno: la venta de marcas blancas creció tres puntos en un solo año, hasta suponer el 44,4% de la facturación del conjunto del gran consumo, según los datos de la asociación de fabricantes y distribuidores (AECOC). Christel Delberghe, directora de Eurocommerce se posiciona de manera tajante al respecto: “La inflación ha hecho que los clientes cambien de marca y probablemente no vuelvan a modificar su preferencia”.

    La recuperación ha sido lenta porque los salarios no subieron al mismo ritmo que los precios. Hubo en promedio dos años de congelamiento en las remuneraciones (2021 y 2022) y no fue hasta el año pasado cuando se empezó a pisar el acelerador para subir los sueldos y compensar así la pérdida de poder adquisitivo. Incluso con acelerados incrementos, como el que impulsó el Gobierno alemán en 2023, los salarios reales —que evidencian realmente el aumento porque descuentan el dato de la inflación— aumentaron apenas del 0,6%. En el primer trimestre de ese mismo año, el salario real por hora había disminuido en 22 de los 24 países europeos.

    Las calles de Berlín se llenaban esta semana de agricultores protestando por el recorte en subsidios agrícolas. “Fuera el partido del semáforo”, se podía leer en las pancartas que portaban los trabajadores en referencia al partido de coalición que gobierna el país y que ha anunciado recortes para el agro. El ministro de Finanzas dice que no hay más dinero para seguir subsidiando el diésel.

    La germana se ha convertido en economía con un crecimiento más lento entre los 20 países que utilizan el euro. Su PIB cayó un 0,3% en 2023, según los datos de la Oficina Federal de Estadística. Detrás de este descenso se halla una industria que agoniza. “La alta dependencia del gas ruso le sigue pasando factura al país”, explica Cyrus de la Rubia, economista jefe del Hamburg Commercial Bank. “Alemania consume mucha más energía que sus vecinos comunitarios. La necesita para alimentar su industria química y automotriz, pero también del vidrio y del acero”. Todas estas ramas, que alguna vez fueron la clave del crecimiento, ahora no consiguen reanimar al motor económico de Europa. Visto por los empresarios del país, el momento es crítico: según IFO, la confianza de las compañías se sitúa en el nivel más bajo desde mediados de 2020.

    Vehículos blindados y tractores bloquean la calle 17 de junio, durante una huelga nacional de agricultores en Berlín, Alemania.Filip Singer (EFE)

    Caída de las exportaciones

    Si el consumo interno evidencia fatiga, el externo está agotado. Las exportaciones del país cayeron un 7,5% en septiembre de 2023 en comparación con el año anterior. La competencia china que, por ejemplo, ha desembarcado con automóviles de alta gama, pero con precios reducidos, ha puesto en jaque a un sector clave en el país. Las ventas de vehículos eléctricos puros cayeron en diciembre un 47,6% con a penas 54.654 transacciones, en comparación con el año anterior. Aunque este último descenso también se explica por la supresión de las ayudas gubernamentales para comprar este tipo de coches.

    La recuperación requiere ahondar en el problema del tejido productivo, indica Alicia García Herrero, economista de Bruegel. “Europa no está con los sectores donde hay alta demanda como son los chips para la inteligencia artificial, las telecomunicaciones o los servicios tecnológicos, por eso el crecimiento es un desafío”, apunta. En su última aparición pública, Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE) afirmó que una recaída económica es una realidad cada vez más posible en la zona euro: “Se confirma la posibilidad de una recesión técnica en la segunda mitad del 2023 y perspectivas débiles para el corto plazo”.

    El cuadro que dibuja el segundo al mando en el Eurobanco es parecido al análisis de De la Rubia, quien argumenta que los problemas logísticos del mar Rojo y especialmente en el estrecho de Bab el-Mandeb, donde los rebeldes hutíes están atacando buques comerciales, “son un factor que frenará la economía mundial”. Desde ese rincón del mundo, detalla el economista, se puede desatar una guerra más amplia, con repercusiones en los precios del petróleo y del gas, “que podrían subir significativamente en los próximos meses”. Este escenario empujaría a los bancos centrales a renunciar a los recortes de tipos, y en consecuencia, el actual endurecimiento de las condiciones financieras seguiría perjudicando la inversión y el consumo. Parece que el futuro de Europa se decide en alta mar.

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